Lo despertó un ruido como de trueno, como de fin.
Abrió los ojos y se encontró completamente perdido en la oscuridad. Miró a su alrededor sin llegar a ver, sin comprender cómo había llegado hasta ese lugar ni el porqué de aquella presión que le aplastaba el pecho.
Su visión se fue adaptando poco a poco a la oscuridad y le permitió reconocer una cara conocida junto a él.
Con extraña serenidad le preguntó que era lo que hacían allí, y un solo puñado de palabras fueron suficientes para entender: volvemos a casa, ¿no recuerdas?.
Un avión... estaba en un avión rumbo a casa, que parecía acercarse a su destino; estaba a punto de aterrizar y él no llevaba el cinturón puesto. No se molestó en abrochárselo. Nunca lo había hecho.
Ahora la claridad era suficiente como para distinguir el cielo del mar a través de la ventanilla de su derecha. Dejó de respirar cuando vio que el avión se precipitaba hacía el agua a gran velocidad, y que extrañamente la gente de su alrededor permanecía calmada y en silencio, como si esperaran con solemnidad aquel mismo momento desde hace demasiado tiempo.
Tal vez aquello fuera lo último que fuera a ver en la vida, y no quiso perderse un segundo de su propia muerte.
Finalmente el avión choco contra el mar para partirse en pedazos. Sintió como su cuerpo era golpeado hasta dejar de sentir, siendo obligado a cerrar los ojos, creía que para siempre.
La noche se convirtió en una calma absoluta.
La luna sonreía sobre el mar, a su alrededor miles de estrellas colocadas una a una permitían distinguir perfectamente toda constelación.
Cientos de cuerpos flotaban inertes sobre el reflejo de aquel cielo de invierno.
Otros tantos lo hacían sobre restos de lo que, hacía tal vez, fue un avión.
Todavía podía distinguirse un brillo de vida en los ojos de algunos de ellos cuando volvió en sí.
No le dio tiempo a apreciar aquel cielo ni la calma del lugar, lo primero que observó fue el terror que desprendían sus miradas.
Un segundo después un fogonazo iluminó el cielo, el silencio se evaporó y comenzó, la ya mencionada, pesadilla.
Abrió los ojos y se encontró completamente perdido en la oscuridad. Miró a su alrededor sin llegar a ver, sin comprender cómo había llegado hasta ese lugar ni el porqué de aquella presión que le aplastaba el pecho.
Su visión se fue adaptando poco a poco a la oscuridad y le permitió reconocer una cara conocida junto a él.
Con extraña serenidad le preguntó que era lo que hacían allí, y un solo puñado de palabras fueron suficientes para entender: volvemos a casa, ¿no recuerdas?.
Un avión... estaba en un avión rumbo a casa, que parecía acercarse a su destino; estaba a punto de aterrizar y él no llevaba el cinturón puesto. No se molestó en abrochárselo. Nunca lo había hecho.
Ahora la claridad era suficiente como para distinguir el cielo del mar a través de la ventanilla de su derecha. Dejó de respirar cuando vio que el avión se precipitaba hacía el agua a gran velocidad, y que extrañamente la gente de su alrededor permanecía calmada y en silencio, como si esperaran con solemnidad aquel mismo momento desde hace demasiado tiempo.
Tal vez aquello fuera lo último que fuera a ver en la vida, y no quiso perderse un segundo de su propia muerte.
Finalmente el avión choco contra el mar para partirse en pedazos. Sintió como su cuerpo era golpeado hasta dejar de sentir, siendo obligado a cerrar los ojos, creía que para siempre.
La noche se convirtió en una calma absoluta.
La luna sonreía sobre el mar, a su alrededor miles de estrellas colocadas una a una permitían distinguir perfectamente toda constelación.
Cientos de cuerpos flotaban inertes sobre el reflejo de aquel cielo de invierno.
Otros tantos lo hacían sobre restos de lo que, hacía tal vez, fue un avión.
Todavía podía distinguirse un brillo de vida en los ojos de algunos de ellos cuando volvió en sí.
No le dio tiempo a apreciar aquel cielo ni la calma del lugar, lo primero que observó fue el terror que desprendían sus miradas.
Un segundo después un fogonazo iluminó el cielo, el silencio se evaporó y comenzó, la ya mencionada, pesadilla.
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