Todo lo que necesito es una habitación pequeña donde pueda encontrar mi sombra. Y quizás algunos libros. Pero si no tuviera libros, igual estaría bien. Porque lo que realmente necesito es una habitación pequeña. Y entender algunas cosas.
Por ejemplo que debe existir un lugar hacia donde podamos mirar para que amanezca más rápido. Por ejemplo que me siento más identificado con la gente que está muerta que con la que camina a mi lado. Entender ese tipo de cosas que a nadie le preocuparía demasiado.
El caso es que estaba pensando en esas cosas idiotas cuando comenzaron a gritar desde afuera. Desde la calle, quiero decir. Nada importante, sólo uno de esos gritos que de vez en cuando escuchas y piensas que no es nada, que sólo es la calle gritándole a nadie. Entonces no haces caso. Entonces te haces el sordo.
Pero si escuchas ese grito una y otra vez, comienzas a desesperarte. Porque ese grito que era para nadie de pronto comienza a ser familiar y molesto. Y aquel grito que antes estaba en la calle ahora está parado junto a la ventana, claro y potente.
Y asomado por la ventana, El Grito dice: «Tarde o temprano saldrás. Sabemos que no puedes pasar los viernes en casa. Nos disfrazaremos de alguna chica agradable que te hable de películas canadienses, que te hable de shakespeare y de Dostoievski, si hace falta. Traeremos vino. Y te haremos daño».
Cuando un grito te dice ese tipo de cosas, lo más recomendable es cerrar la ventana, seguir buscando tu sombra y pensar en lugar por donde amanece más rapido. El problema es que el grito ahora está dentro, bajo la cama, en todas las paredes, gritando en el piso y en el techo.
Entonces El Grito dice: «No te resistas. Es inútil que evites escucharnos. No estamos en la calle. No estamos en la ventana. No somos tu techo. Estamos dentro. Somos tú. Grita tu cuerpo. Y te haremos daño».
Bien, en este momento piensas que has pensado demasiado, que necesitas dormir algunas horas, que si lloras todo se aclarará un poco. Pero no. El grito son tus oídos. El grito son tus labios. Así que no te hagas el sordo. Así que no voltees hacia otro lado.
Y El Grito dice: «Ya, sabemos que la echas de menos. Sabemos que Ella es la diferencia entre agonizar o estar muerto. Ya, sabemos que la sombra que buscas y no encuentras es Ella. Ya. Ya. Ya. Ya, ya. Sabemos que siempre la seguirás llamando. No hay gritos. No hay sombra. Y siempre te harás daño».
Y eso está bien, piensas. Y sigues gritando.
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