Nunca olvidaré aquella etapa de mi vida en que me encerraron entre cuatro paredes blancas, al principio me dio mucha risa, mucha risa incontrolable pues me pusieron una camisa que no me quedaba, tenía unas mangas muy largas, tan largas que llegaban al suelo y para que no me estorbaran las amarraban alrededor de mi cuerpo.
Que divertido era jugar al bulto, en las paredes y en el piso botaba como una pelota, podía dar grandes saltos y hasta daba maromas en el aire. Yo era muy feliz en ese lugar pues me dejaban jugar y siempre estuve muy contento.
Pero un mal día todo cambió...
-¡O te callas o te quiebro como a un perro!- Dijo una voz a mi espalda, un puño grande y duro se estrelló en mi nariz. Quise quitarme la camisa pero no pude, una lluvia de golpes me hizo ver todo nublado y me sentí impotente por no defenderme. Entonces comencé a jugar al bulto, dando un salto hacia atrás busqué la pared más cercana y así pude rebotar contra mi atacante, mi boca sangrante mordió lo primero que encontró: ¡su cuello!
Sentí golpes en los oídos, en la parte baja del estómago, en los riñones y en las costillas, pero nunca aflojé la mandíbula, su sangre se confundió con la mía y poco a poco se fue quedando sin movimiento.
Cuando se dejó de mover, yo estaba casi muerto. Traté de sonreír pero no pude por el llanto y el dolor. Mi cuarto estaba todo manchado de sangre y la puerta que nunca había visto, estaba abierta. Casi no podía caminar, arrastrándome intenté alejarme de ese lugar pero nunca encontré la salida...
Por eso sonrió poco y con mucha nostalgia.
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