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Soñar antes de morir

Agustín camina solo bajo un atardecer de cejo triste. Pasa frente a Ana, apenas le da tiempo de mostrarle una sonrisa. Ana espera algo, ahí sentada, en un establecimiento del centro de la ciudad, mientras sostiene frente a sus labios una taza de café, que abraza con sus dos manos extendidas; sus dedos blancos se confunden con la porcelana, son sus uñas aperladas quieres hacen notar la diferencia que existe entre piel y taza. Agustín no alcanzó a ver el gesto con el que Ana le contestó: apenas una mueca con sus delgados labios, rojos y delicados labios; sólo eso, apenas una mueca, pero que bella mueca, más bella que cualquier sonrisa completa. Agustín nunca sabrá que existieron ese gesto y ese nombre. Llegará a su departamento para tenderse en la cama y pensar toda la noche en los labios de Ana.


Ana se quedará pensando en la tristeza que platicaban los ojos de Agustín. Pide otro café para esperar el posible regreso del hombre al que nunca sabrá cómo llamarlo, y tampoco importa porque nunca volverá a verlo, si es que decir nunca puede parecer mucho tiempo. Piensa que quizá él era la oportunidad para dejar de vivir sola. No es el hecho de vivir sola lo que motiva su angustia, es sólo la preocupación de tener treinta años y seguir habitando su casa tan grande: parece bruja, piensa, da un suspiro y muerde su labio inferior como lamentándose de no haber abordado ese hombre por la espalda, para invitarlo a su mesa, hubiesen podido platicar, conocerse un poco , si se puede decir en estos días que dos personas llegan a conocerse algún día; y luego poder sospechar si algún otro día vivirán juntos, comenzar los planes para compartir algo, acaso los gustos o vicios que cada uno tenga o sería simplemente una persona más que pasa sin mayor vestigio en la vida de Ana.
Tiene la pierna derecha recostada sobre la izquierda, su piel se asoma entre falda y silla para brillar con ternura y un ligero viento provoca el estremecimiento de sus poros. Ve la hora en su reloj pulsera que cuelga delgado de su dorada muñeca y se apresura a salir de ese lugar , en donde quedará para siempre la memoria de ellos dos, personas solas e indiferentes una del otro y viceversa, que habitaron una ciudad cualquiera en un tiempo cualquiera. Antes de doblar la esquina da un vistazo a la calle por donde pasó él; las manecillas han caminado más de tres horas, ya la oscuridad abusa de la vista y Ana sabe que no podrá ver nada porque él estará con una mujer en su departamento, sosteniendo una copa de tinto frente a otra copa, también de tinto, pero afrutada por labios de mujer, al mismo tiempo que él la persuade con algunos versos que seguramente estará susurrando en su oído; o si se quiere consuelo y evitar fatalismos, dejemos la explicación que nos da decir: la oscuridad no le permite a Ana más que sombras en la mitad de la calle.

Agustín piensa un poco más adentro de sí mismo para encontrar algo que pueda despertarle una sospecha de que vivir vale la pena. Sin encontrar consuelo da un recorrido rápido en su pasado hasta llegar a los ojos de Ana, que encontró apenas unas cuantas horas atrás; sabe que esa clase de encuentros no llevan a ninguna parte. Echa un vistazo rápido a su departamento: libros dispuestos por todas partes como una infección que se adhiere al cuerpo, en puntos estratégicos para cubrir todo el frente y ganar la batalla lo más pronto posible; recuerdos encarnados en objetos que no tienen otra plusvalía, que la que merece aquilatar la nostalgia del recuerdo de lo que se ha abandonado o perdido en la vida; nada, pero nada más. Porque Agustín nunca entenderá si lo que es de gustos o de cuerpo, vale la pena para seguir despertando y luego bañarse, caminar a la oficina, regresar a casa porque su soledad lo espera con hambre, ir al café por la tarde con un libro bajo el aburrido brazo, caminar de regreso a casa y terminar dormido con miedo, miedo a que una persona cualquiera falte a su destino y deje para siempre un abismo en la mitad de la cama.

Destino que Agustín sabe perfectamente que está en sus manos para bien de él y para mal de nadie, porque desde hace tiempo lo viene pensando, desde que no hay alguien a su lado y entonces la decisión es como todo ha sido en su vida: de él solo. Una lágrima le escurre por la mejilla derecha, pero no es de sentimiento alguno, quizá sea el mero protocolo de arrojar lágrimas, porque sabe de sobra que las personas que están a punto de recibir un tiro en la cien, por mano propia deben llorar por algo que abandonarán para siempre.

Ana nunca entrará al departamento de Agustín, para encontrar alguna razón que pudiera haber dejado para explicar su muerte; tampoco lo esperará fuera del crematorio para recibirlo en sus delicadas manos, a él, guardado todo en una pequeña caja y luego llevarlo en sus piernas en el último camino que pudieron andar juntos de la mano, porque es otra forma de caminar juntos de la mano,  una manera que a pocos les gustaría pero a la que todos estamos obligados, para luego depositarlo en la cripta de alguna iglesia sólo para estar un poco más seguros de que hay un lugar en donde se puede descansar en paz. Todo lo hará el gobierno de este modo o de algún otro. Ya no importa.

Hoy las manos de Ana ya no son tan blancas como aquella tarde y tampoco han encontrado consuelo en manos ajenas. Un poco más que el peso de los años, es la guerra que se le da a la enfermedad cuando todavía se tienen ganas de seguir buscando, buscando algo, lo que sea; entonces el cuerpo se resiste, pide ayuda una aguja para que abra un río más directo hacia la vida; la voluntad comienza a cuestionar la suerte que se tiene en este mundo, habiendo tantas personas a las que ya no les importa nada. Ana recuerda aquellos ojos encontrados tantos años atrás, bueno, no muchos, porque ahora tanto tiempo, tantas cosas, tanto algo, todo lo ve pasar como aquella mirada que le permitió soñar; pide con los ojos una oportunidad porque su aliento ya no está para suplicar, la última oportunidad, para buscar a Agustín o a quien sea.

Ahora no pide, promete, con la mirada jura que lo encontrará, que podrá soñar antes de morir. Pero ya no importa: sus ojos se cierran lentamente obligados por un cansancio que merece reposo.

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