A veces me encuentro sosteniendo un libro, deseando poder comérmelo. Literalmente, meterlo en mi boca y masticarlo. Probablemente no a manera literal, pero casi. Sí quisiera devorar todos los libros.
Mi biblioteca está a punto de explotar, mi otra repisa ya casi se cae por el peso de tantos libros, tengo un espacio dentro de mi closet solo para libros, donde la gente normal pondría ropa. Comprar y leer libros es más que un hábito, es casi una compulsión y ruina financiera. Pero me gusta pensar que me mantienen cuerdo, dentro de todo. No quiero saber cómo sería mi vida sin los libros.
Si me conocieran, pensarían que no tengo la capacidad de concentrarme en un libro por lo distraído que soy; pero los libros, les digo, los libros son un cuarto a prueba de sonido y la silla más cómoda del mundo. A los que no entienden los libros como nosotros, los libros son solo una historia bonita, quizás un escape durante la tarde, un lugar agradable para visitar pero no donde quisieran vivir. Pero ustedes y yo sí entendemos. Yo los he visto en el autobús, en la parte trasera del auto mientras sus padres hablan, en el parque, indiferentes a los olores de comida y llanto de niños pequeños. Ustedes personas que leen, están leyendo y se ven tan gloriosos y perfectos que por un momento, estoy enamorado de ustedes.
La vitalidad, la urgencia de leer un libro es difícil de entender para un observador desinteresado.
Muchos de los libros que leo ahora son novelas. Sí, porque las novelas [y disculpen mi hipérbole] me cambiaron la vida radicalmente. Todo comenzó a los 14 años cuando me dieron el mejor regalo que he recibido. Mi primera novela. Nunca hubiese pensado que un simple escritor pudiese alcanzar mi psique, tomar todos esos pensamientos desordenados que pensaba que eran míos, míos y de nadie más, y arreglarlos de una manera tan casual en una página de papel. A esa edad, me pareció un milagro.
Hay un poco de intelectualismo en mis lecturas, por supuesto. Pero si intelectualismo —o hasta intelectualismo fingido— fuese mi única meta, hay muchas opciones mejores que los libros para eso. Como artículos de Wikipedia o cualquier clase de cosas que te permiten aprender lo suficiente para sonar educado. Pero los libros son largos y toman tiempo para leer y muy poca gente quiere hablar de los libros como en realidad se lo merecen. ¿Qué nos hace seguir hambrientos por leer, babeándonos mientras tocamos la carátula, divagando por entre las letras de tinta sobre el papel?
No entiendo a este mundo, ni mi lugar en el. Los libros tienen respuestas. Así que quizás si leo un poquito más, quizás ahí, en la página 320, en el segundo párrafo, estará mi respuesta. Esta teoría es, admito, un poco loca y no para tomarse literal. Pero la única manera de reprobarla, es leer todo; si luego de haber escalado y bajado el edificio de conocimiento humano, una teoría unificada de corazones y mentes, el mundo permanece igual, sólo entonces voy a admitir la derrota. Pero por ahora, leo para no morirme. Siempre y cuando haya un libro para terminar, me sentiré inmortal.
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¿Quieres hablar de lo que acabas de sentir? Te leo.