La hoguera ardía con fuerza frente a mí. El calor me quemaba la piel y los ojos, un dolor aumentado por el brillo del fuego. La madera estaba desperdigada por todas partes. Se iría consumiendo poco a poco, había pensado. El cielo ya había adquirido ese tinte característico de la noche: azul salpicado de gotas blancas. La luna se había escondido días atrás. Me encogí de hombros, a mí eso me daba igual.
Finalmente cogí los trozos de papel. Los estuve contemplando durante largo rato. Releí las cartas miles de veces. Las lágrimas resbalaban por mi piel. Miré el fuego con rabia y se lo tiré todo: cada recuerdo, cada momento, cada sentimiento.
-Que arda, que arda. ¡Quiero que arda! Todo y ella... Todo y, ¡que arda!
Tropecé. Vi acercarse un mar incierto de gris y rojas brasas. Luego sentí un dolor intenso. Luego nada.
Finalmente cogí los trozos de papel. Los estuve contemplando durante largo rato. Releí las cartas miles de veces. Las lágrimas resbalaban por mi piel. Miré el fuego con rabia y se lo tiré todo: cada recuerdo, cada momento, cada sentimiento.
-Que arda, que arda. ¡Quiero que arda! Todo y ella... Todo y, ¡que arda!
Tropecé. Vi acercarse un mar incierto de gris y rojas brasas. Luego sentí un dolor intenso. Luego nada.
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