Una sombra me sigue. Me cubre la cara y no sé de dónde viene. No me importa si decide seguirme, me importa si decido perderla. Esta sombra, más que otra cosa, me hace idiota, y si la memoria no me falla, a veces no la percato. Mi asunto ahora es descifrar el fin de esta sombra.
Quizá por eso aprovecho la flaqueza en que te encuentras y te describo el mundo que recuerdo. Pero decir mundo sería mentirte anticipadamente. Realmente te cuento las cosas que nunca has sido, las pequeñas ficciones apiladas en el suelo.
Todo esto que te digo sacude la sombra un poco y hace que por unos instantes recuperemos la vista. Pero no es que la recuperemos de verdad, sino que empezamos a ver los segundos en un montaje impredecible. De la sombra emergen risas furtivas, ideas ya pensadas, mentiras y más mentiras. Pero lo raro, lo verdaderamente raro, no es que lo vemos, sino lo que la sombra nos hace sentir.
¿Viste?
Los árboles empiezan a mecen sus nidos.
¿Viste?
Los árboles empiezan a mecen sus nidos.
Una sombra nos sigue. Nos cubre la cara y no sabemos, al menos yo, cuánto va a durar. No es que afecte demasiado, pero en cuanto la sombra se descuide, quizá, seamos un par más.
Eso está muy bien, te aplaudo... am... imagíname apluadiendo.
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