Siempre he tenido cualquier ridícula dificultad con los principios: mi primer introspección, los suspiros matutinos, leer y sobre todo, comenzar una historia.
En fin, justo ahí empezaré: Gabriela está muerta. La gente dice que la muerte es el final de todo.
Ella yace sobre sábanas rojas. Inmóvil. Aún me parece escuchar su respiración, pero quiero creer que ocurre en mi memoria. Petrificado, contemplo en el viejo sofá la disolución de su silueta. Permanezco quieto para no despertarla.
Gabriela odia dormir con frío. Las cobijas aplastantes y ya en un sueño profundo, sus movimientos revelaban el atuendo invernal con el que combatía las noches.
Quizás ahora, te vi sin que me vieras, te hablé sin que me oyeras, al verla en esa posición, impávida y atemporal, al fin comprendí su cálido comportamiento en la inmensidad de este cuarto sin ella y, después toda mi amargura se ahogó dentro de mí.
—Y sin embargo sigues, unida a mi existencia y si vivo cien años, cien años pienso en ti. —
Aquí yo soy el que muerto está.
Les dije que era malo con los principios.
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