Esto no es un camión de transporte público. Tú no vas sentada junto a la ventana y no vas mirando a la calle. Lo que no noté, es, de dónde vienes. El caso es que yo subí y me busco en los bolsillos del pantalón dinero para pagar el pasaje.
Y en ese instante me doy cuenta que el billete es falso. Y las monedas que también llevo son falsas. Pero no es sólo el dinero. Todo lo que alcanzo a ver es falso. Personas falsas sobre asientos falsos pensando en sus falsos destinos, sus falsos trabajos, sus falsas vidas.
Y en ese instante me doy cuenta que el billete es falso. Y las monedas que también llevo son falsas. Pero no es sólo el dinero. Todo lo que alcanzo a ver es falso. Personas falsas sobre asientos falsos pensando en sus falsos destinos, sus falsos trabajos, sus falsas vidas.
Y pago y me siento a tu lado. Tú y yo no nos conocemos, pero compartimos este camión por la obligación. Para no morir aplastados. Para ser algo.
Y en las manos llevo un libro falso que no leo, pero lo abro para quitarme el miedo. Esto lo hago a diario: abro un libro para no tener miedo.
Y tú vas a mi lado, sentada junto a la ventana, mirando a la calle. Y de pronto te volteas y me preguntas qué leo. Te digo que nada, que sólo tengo miedo. Y te ríes.
Me dices que el miedo también es falso y que es todo lo que tenemos. Después nos callamos. Y miramos a la calle por la ventana.
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¿Quieres hablar de lo que acabas de sentir? Te leo.